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March 30 Días azulEsHay días que terminan antes de empezar. Que, cuando amanecen, te susurran al oído una disculpa... y entonces, ya lo sabes, el día ha terminado. Aunque siga, aunque no se note. Tú y las horas que transcurren conocéis el secreto, por eso no se molestan en disimular. Se repiten una tras otra, la misma secuencia insípida... y tú, tú te limitas a esperar. No puedes saltarlas como si fueran un charco, no puedes cambiarlas, no puedes hacer que el día se arrepienta porque ya ha terminado y, como todo lo que acaba, el comienzo se ha quedado en ese rincón dónde habitan los imposibles.
Hay días en los que las cosas importantes, parecen más importantes todavía. Las cosas pequeñas, se encogen hasta desaparecer y, al final, te quedas tan solo que no eres capaz de encontrar ni tu propio reflejo. No puedes porque todo lo que te formaba, todos esos pequeños gestos, se han ido... y solo ha quedado esa preocupación enorme que eclipsa todo... esa que no dice nada, que no comprendes, que no tiene nombre ni forma... esa que, es tan grande, que nunca llegaste a conocer por completo.
Hay días que se repiten a pedazos. Y cogen un poco de aquí y otro poco de allá. Y montan una obra de teatro hecha de retales. Y tú no eres el protagonista, ni el director... ni siquiera eres el encargado del telón. Se repiten las secuencias, trozos de historias que ya fueron, palabras que ya se dijeron, mentiras que ya engañaron, sonrisas que ya se apagaron... y ese día, tú día, acaba por ser una de esas repeticiones que se emiten de madrugada mientras tú duermes en el sofá.
Hay días que madrugan para torcerse. Se levantan con el pie izquierdo, con el derecho, con los dos a la vez... y tropiezan, caen de bruces contra el suelo, no se levantan. Se quedan tirados en la moqueta de tu habitación ahsta que llega la hora de acostarse. Todo parece más gris desde el suelo, más triste, peor... y no te quedan ya ganas de ser, ni de estar, ni de intentar permanecer... y solo piensan que, de haberlo sabido, hubiesen permanecido entre las sábanas veinticuatro horas más.
Hay días que nos dejan sordos pero nosotros, siempre tan egocéntricos, creemos que son ellos los que están mudos. Nos quejamos una y otra vez porque no escuchamos nada, porque no nos dicen nada interesante... y creemos enfadarnos con nuestro día mudo cuando, en realidad, estamos enojados con nosotros mismos, con nuestra sordera.
Hay días buenos, de esos también quedan... pueden ser más fuertes o pueden ser tan débiles como esquivos, pueden perderse entre tanto día malo, pueden hacernos olvidar la lluvia, el llanto, la melancolía... pueden elevarnos antes de una caída o ayudarnos a levantarnos... pero siempre, sin excepción, son apreciados.
Lo peor de los días es que nunca sabes cuál te tocará cuando suena el despertador.
March 25 uNA eNORmE SONRIsAUna enorme sonrisa asomó a sus labios mientras se calzaba sus botas de lluvia y cogía su paraguas, el blanco con lunares de colores. Pese al mal tiempo que podía observar desde su ventana,el atasco que se presentía en la carretera y la amplia posibilidad de llegar tarde a su nuevo trabajo, estaba feliz y, con esa felicidad plasmada en forma de sonrisa sobre su rostro, salió a la calle.
Se cruzó con una ancianita que luchaba con la cerradura del portal y su mala vista. Había sido sorprendida por la lluvia mientras daba su paseo diario y regresaba al hogar lo más rápido que sus envejecidas piernas le permitían. No le gustaban los días de lluvia porque era propensa a resfriarse y, como todos sabemos, un resfriado a los setenta años no tiene nada que ver con uno a los veinte.
Al ver a la mujer con tanta prisa por abrir y tan poca maña para hacerlo, intervino rápidamente. La mujer pasó al portal y soltó un gruñido similar a un "gracias". Entonces, la chica del paraguas de lunares, la miró con su enorme sonrisa y dejó escapar un "de nada".
La ancianita apretó el botón del ascensor con una extraña sensación en su interior. Llegó a su casa, abrió la puerta y, al ir a colgar su abrigo en el perchero de la entrada, comprendió a qué se debía. Estaba sonriendo. Una enorme sonrisa se había apoderado de su rostro. Sin entender muy bien de qué manera había sucedido, notó que se sentía mejor, más alegre... pese al día lluvioso, a su paseo interrumpido y la posibilidad de haber cogido un catarro.
Su nieto, que se había transladado a vivir con ella cuando su marido falleció, estaba en la cocina preparándose un café. Se había quedado dormido así que, involuntariamente, llegaba tarde a clase. Su abuela no le dijo nada. Sabía que dormía muy poco últimamente, desde que su novia le había dejado por un amigo suyo. Recogió su taza de café y le dió algo de dinero suelto para el autobús, un beso en la mejilla y un paraguas negro, para que no se mojase. Luego se despidó de él con una enorme sonrisa y le recordó que la comida estaría a las tres en punto.
El chico que llegaba tarde a clase se miró en el espejo del ascensor. Notaba algo raro en su imagen. Quizás fuese que tenía la cara hinchada todavía. Se aproximó al espejo, se miró un par de segundos y entonces se dió cuenta. Estaba sonriendo. Una enorme sonrisa cruzaba por sus labios, como si alguien la hubiese plantado allí de repente. Se quedó atónito. Desde que su novia le dejó, no había vuelto a sonreir. Salió del ascensor, abrió el paraguas negro y se fue hacia la parada de autobús. En la parada de autobús había una mujer con un carrito de bebé. Detestaba los días de lluvia porque tenía que cubrir el carro con un plástico y tener mucho cuidado de que el niño no se mojase. Además, si ya era complicado ir por ahí con un carrito, ir con un carrito bajo la lluvia era toda una odisea y, por supuesto, tenía que olvidarse de llevar paraguas pues no tenía manos suficientes para tanto trasto. Solía conformarse con un gorro impermeable que había comprado en el mercadillo el año anterior. Empezaba a pensar que no había servicio de transporte cuando el chico del paraguas negro llegó a al parada. Se miraron un par de segundos pero descartaron entablar una conversación sobre el tiempo al ver que el autobús venía en camino.
El chico la ayudó a subir el carrito por las ecaleritas del autobús, ella se lo agradeció y él le devolvió una sonrisa tan extraña, que no consiguió quitársela de la cabeza en todo el trayecto.
Cuando el chico se bajó, en la parada de la Universidad, le siguió con la mirada. Una vez le hubo perdido de vista, se quedó mirando su propio reflejo en el cristal. Sin saber porqué motivo, estaba sonriendo.
Iba a su trabajo, a arreglar unos asuntos relacionados con la baja por maternidad. Pasó directamente al despacho de su jefe, aprovechando que la nueva recepcionista, la que la estaba sustituyendo, no había aparecido aún.
Su jefe estaba asomado a la ventana. No le gustaban nada los días de lluvia. Su empresa se dedicaba a construir y mantener piscinas y, sin duda, la peor publicidad posible era la lluvia. Nadie quería construirse una piscina cuando se asomaba a la ventana y veía que estaba lloviendo. Solo los días calurosos generaba nuevos clientes.
La mujer del carrito de bebé entró en el despacho con una enorme sonrisa en la cara. Seguía sufriendo los pequeños desvanecimientos que la habían mantenido en casa durante casi seis meses. El médico había vuelto a darle la baja. Su jefe se disgustó enormemente al escuchar la noticia. Ella le tendió el papel de la baja, le agradeció su paciencia y, con una enorme sonrisa, se despidió.
La recepcionista sustituta dejó su paraguas de lunares en el paragüero de la entrada, se quitó sus botas de lluvia y se sentó en su puesto, tras el mostrador. Esperaba que nadie se hubiese percatado de su retraso.
Sin embargo, su jefe se había dado cuenta de sobra y salió a la recepción en cuánto la escuchó llegar. Pensaba llamarla a su despacho, echarle una pequeña bronca y tomarse un café pero, tras la visita de la mujer del carrito de bebé, se sentía distinto.
La recepcionista descalza vio a su jefe salir de su despacho y dirigirse a la máquina de café. Le dió los buenos días. Una enorme sonrisa asomaba a sus labios. March 19 AbeceDarioHabía una vez un país llamado Abecedario. En el habitaban todas las letras, en paz y armonía. Se pasaban el día formando palabras, frases e incluso textos. Aquellos que, después, formarían las historias que llegarían hasta nosotros impresas en libros, periódicos, revistas o folletos publicitarios.
Allí vivian las vocales, las consonantes, los acentos, los signos de puntuación, los exclamativos y los interrogativos. Siempre moviéndose de un lado a otro, dejando su pequeña huella en cada palabra que se formaba en conjunto.
Y allí, en aquel pequeño país de letras, vivía la señora M con su familia. M tenía un problema y no sabía como solucionarlo. Sus dos hijos gemelos, n y n, eran demasiado traviesos. Se pasaban el día haciendo trastadas y, cuando ella pretendía castigar al culpable, se mezclaban de tal manera que no sabía cual era el culpable y cual el inocente así que al final, no podía castigar a ninguno y, al día siguiente, volvían a las andadas.
Las letras vecinas habían tratado de ayudarla. L, que también tenía dos hijos, la consolaba diciendo que al menos, sus pequeños, podían caminar por separado, no como sus siameses: ll. El señor C era partidario de castigar a los dos hermanos, mientras que la J, siempre tan justa, se mostraba de acuerdo con la decisión de M de no castigar al inocente.
El hermano de M, el tío P, estaba cansado de hacer pactos con sus sobrinos y su mujer, la señora Q intentaba sobornarlos con tartas de queso caseras, pero nada solucionaba el problema.
Los gemelos seguían haciendo trastadas y su madre no podía castigarlos. Habían empujado a la señorita O cuesta abajo y todavía no habían podido encontrarla, pues seguía rodando. A la letra B le había dicho que V se había metido con su barriga y a V que B había dicho que tenía cara de verruga. A la dormilona de Z, le habían quitado su zurrón mientras dormía y habían metido dentro el xilófono de X que, al descubrirlo, había despertado a Z tirándole puntos suspensivos y puntos aparte.
La pobre H, muda de nacimiento, trataba de decir que a ella también la habían hecho alguna de sus bromas, pero tuvo que conformarse con quedarse a escuchar la conversación sin participar en ella.
Por fin, S, siempre sensata y sabia, había ideado una solución al problema: diferenciar a los gemelos con alguna señal.
"¡Que pinten a uno de Azul!" había dicho la A. "¿Por qué no de Rosa?" había protestado R. "No, no, mejor que a uno le pongan boca abajo" dijo la B. "¡No! Eso nunca" exclamó rápidamente la u.
Las letras estuvieron horas y horas inventando sistemas para diferenciar a los gemelos hasta que por fin, a una diéresis que pasaba por allí, se le ocurrió una idea. Pondrían un gorro a uno de los gemelos y, de esa manera, nadie volvería a confundirlos. La idea fue acogida con gran alegría entre los habitantes de Abecedario y, al día siguiente, todos pudieron ver el nuevo aspecto de los gemelos: n y ñ, que nunca más volvieron a hacer trastadas y, por fin, dieron un poco de tranquilidad a su querida madre.
March 16 Pequeños pensamientosSiempre intentado hacer las cosas bien, no sé, estar en el sitio adecuado en el momento preciso. Y llega un día y descubro que no hay lugares adecuados, que no existe el instante preciso... que lo más perfecto es una casualidad bien entendida... con la persona adecuada. March 13 RetinA
La última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino. Lamentablemente, los sofisticados métodos científicos que permitían capturar a un asesino a partir de diminutos restos de ADN olvidados en el interior de sus uñas, aún no eran capaces de rescatar su rostro de las retinas de su inerte víctima.
Alicia fue asesinada la madrugada de un viernes. No fue muy consciente de este hecho hasta que, el sábado por la mañana, el sonido de un serrucho troceando su cadáver despertó a su recién liberada alma con una sensación imposible de describir pero que, de tener semejanza con un estado terrenal, sería similar a una terrible resaca.
Como si hubiesen proyectado su espíritu por encima de su cuerpo, pudo ver como su asesino trabajaba afanosamente para eliminar los restos de su delito. Había improvisado una pequeña mesa de trabajo en la bañera. Cortaba su metro setenta de altura en pequeños trozos para guardarlos, individualmente, en esas bolsas transparentes que se utilizan para congelar alimentos. Las manos, dos bolsas. Las piernas, ocho. Los brazos, seis. Luego iba metiendo esas pequeñas bolsas en una enorme bolsa de basura gris.
Alicia no comprendía muy bien que objetivo podía tener trocear su cadáver para luego volver a juntar las piezas en la misma bolsa pero, por alguna extraña razón, sabía que existía un motivo. Un asesinato no podía tener cabos sueltos.
La bañera quedó inundada de sangre. Depositando la bolsa gris, ya llena y cerrada, en la cocina, el asesino de Alicia se dispuso a limpiar el baño. Tardó algo más de dos horas en dejarlo, más o menos, decente. Seguramente pasaría un par de horas más rematando la faena pero, de momento, la prioridad era deshacerse del cuerpo.
Mientras su asesino preparaba lo necesario para la tarea, Alicia se puso a flotar por la casa. Era una sensación extraña para ella. Se sentía ligera y volátil pero, al mismo tiempo, un invisible lazo la retenía en la superficie.
- Es la venganza. Hasta que no le atrapen, hasta que no encuentren tu cuerpo… tu alma no descansará.
Alicia no conseguía saber si la voz, femenina, se dirigía a ella o a su asesino. No veía a nadie a cerca, estaba un poco desorientada.
- Tranquila, yo estoy como tú. No me ves porque el alma es invisible. No solemos hablar entre nosotras pero, no sé, me hubiese gustado que alguien hubiese hecho lo mismo por mi. - ¿A qué te refieres? - A explicarme todo esto. Lo que me retiene aquí.
Alicia no dijo nada. No pensaba, no hacía nada… solo sentía la muerte calando en lo más hondo de su alma. Era la primera vez en el tiempo que había transcurrido desde su asesinato que se paraba a pensar que estaba muerta. Que no volvería a abrazar a su madre. Que no le diría a su padre que fue ella quién dio aquel golpe a su coche. Que no volvería a cepillarse el cabello, a cenar lasaña o a quedarse dormida leyendo un libro. Muerta. Asesinada.
March 12 22... y parece que todo sigue igual...
en cuestión de minutos...¡zas!... un año entero...
veintidós...
:)
March 08 RutinAY, de repente, el despertador empieza a sonar. Son las ocho de la mañana y tu te levantas de un salto per, de un modo u otro, tu cuerpo sigue en la cama. Haces todas esas cosas que te has acostumbrado a hacer por inercia cada mañana y bajas al coche. Conduces como si un gps invisible guiase tus cambios de marcha, giros, intermitentes... y llegas. Paras en el portal y esperas. Entonces baja él y hace que todo merezca la pena. Y así, cada día. En lo más simple, en lo más complejo, en lo más alegre, en lo más triste. Siempre presente, siempre a mi lado. Convirtiendo la rutina en nosotros, en todo lo que podemos conseguir juntos. Haciendo que merezca la pena estar, permanecer. Por algo tan simple como aprender que la muesca de mi llave apunta la señal roja del cepo de mi coche. O quedarme sin mi palmera de chocolate de desayuno. Sentir como me coges para que no me caiga del sofá. Correr bajo al lluvia durante quince minutos tres veces por semana. Mudarnos a la misma compañía telefónica. Y planear un viaje para dentro de dos meses. O engancharnos a alguna serie, notar como te duermes durante alguna película, bajar al perrito de madrugada...
Y que me cuentes, contarte yo... saber como fuimos y pensar que, aunque lo vivimos, ya nada importa. Porque el pasado no forma parte de ese nosotros que crece día a día. De lo mucho que te quiero o de todo lo que me haces sentir. Y sé que merece la pena porque te veo sonreír de repente, porque te quejas cuando te hago cosquillas y porque mañana me volveré a despertar a las ocho para ir a buscarte.
Te quiero infinito, Raúl. March 05 ApEnAs dOs DÍAs dEsPUéS De mi CuMpleAñoSApenas dos días después de mi cumpleaños, él me dejó una nota en la puerta del frigorífico. Al principio, no quise darle importancia. A fin de cuentas, se trataba de un simple trozo de papel. Lo cogí, lo arrugué entre mis dedos y lo arrojé a la basura. Si no lo he recibido, no tengo que actuar como si lo hubiese hecho, pensé. Y me olvidé del tema durante un par de días.
El segundo aviso fue algo más contundente. Como cada mañana, me desperté a las ocho en punto y fui a prepararme una taza de café. Sobre la encimera de la cocina había un sobre. Ni muy pequeño, ni muy grande. Completamente negro, sin nada escrito. Un sobre que hizo que mi corazón diera un vuelco y mi piel se volviese completamente pálida.
Pasé el resto de la mañana tratando de ignorarlo pero su presencia era constante. Era como si, de un modo u otro, el sobre reclamase ser abierto… y yo luchaba con todas mis fuerzas por evitarlo pero sabía que, tarde o temprano, no me quedaría más remedio que hacerlo.
El momento inevitable llegó a las siete de la tarde cuando, después de más de tres horas observando el sobre sin tocarlo, sentí la urgente necesidad de abrirlo. Con uno de los cuchillos que había sobre la encimera, rasgué uno de los laterales para poder abrirlo limpiamente, sin dañar su posible contenido.
La verdad es que esperaba encontrar cualquier cosa menos aquello. Nunca hubiera imaginado que podría ser tan simple pero, era evidente que me equivocaba. Se trataba de un contrato. Tan sencillo como echar una firma.
Todo había empezado unos años atrás cuando, después de una seria de achaques, los médicos terminaron por diagnosticarme cáncer de hígado. Por aquel entonces yo tenía 42 años y la idea de padecer una enfermedad terminal como aquella me aterraba más que nada en el mundo.
Empecé un tratamiento a contrarreloj para frenar aquella enfermedad que, poco a poco, me consumía por dentro pero se encontraba en un estado avanzado y, en un arrebato de sinceridad, los médicos me confesaron que me quedaba menos de un año de vida.
Recuerdo mi cuarenta y tres cumpleaños especialmente porque fue el día que hice el pacto. Yo estaba en la cama del hospital, tratando de dormirme. Algunos familiares habían pasado la tarde conmigo, tratando de animarme un poco pero, por mucho que se esforzarán, sus rostros solo me transmitían pena. Esa clase de lástima que se siente por un condenado a muerte. Me había hundido aún más en mi propia miseria y, en un acto absurdo y desesperado, me juré a mi mismo que vendería mi alma al mismísimo diablo por verme cumplir los sesenta.
Asombrosamente, el cáncer remitió unas semanas más tarde. Los médicos no daban crédito, mis familiares no salían de su asombro, ni yo mismo conseguía explicar todo aquello… pero sucedió.
Hace dos días cumplí sesenta años y, completamente puntual, ha aparecido mi contrato de venta. A fin de cuentas, un pacto es un pacto. March 01 Tres segunDosA veces, solo a veces, ni tú ni yo nos pertenecemos. Entonces todo da igual y, de una forma incomprensible, ni siquiera importa. Yo me esfumo y tu desapareces y terminamos por no ser nada, enredados entre esos todos que, tres segundos antes, importaban. Y esa forma de escapar se derrama a cántaros por mis mejillas. No sé muy bien si puedo o debo permanecer de pie mientras te alejas, aunque tu cuerpo siga... pero tú, tú ya no estás. Y me quedo ahí parada, esperando, desesperándome entre todo lo que no comprendo y, lo que poco a poco, comienzo a aceptar.
Luego todo pasa y me descubro nuevamente rodeada por tus brazos. Y me siento bien aquí, entre caricias. Y parece que todo fue un sueño o, quizás, una pesadilla. Y solo me apetece cerrar los ojos y escucharte respirar. O, mejor aún, mirarte fijamente hasta que apartes la mirada. O hacerte mil cosquillas hasta que reconozcas que, en ocasiones, eres arisco. Y que no pasen esos tres segundos porque hoy todo tiene un color rojo y nadie podría pintar encima. Y mirar mis acuarelas y darme cuenta de que gasté todas... y solo queda un círculo rojo para que mi pincel pinte en tu rostro sonrisas. O decirte que te quiero más allá de un ocho tumbado.
Y no quiero, no puedo, no debo dejar de ser... o empezar a pensar que, quizás, no sea capaz. O rendirme y tener que mirar al pasado con ese peso que queda en el corazón cuando no intentamos ser felices. Y esa lágrimas que saben a limón amargo. Que resbalan pero no mojan, que no sienten, que ni siquiera hinchan tus ojos... y todo pasa, pasa y no se detiene. Y tú ya no eres nada porque nadie sabe que existes. Eres lo que queda en tu memoria, restos, pasado, recuerdos. Eres añoranza y desilusión. Porque no pudiste, no supiste, no quisiste... no fuiste capaz de intentarlo.
Sin disculpas, sin errores, sin fracasos, sin derrotas, sin discusiones ni noches en vela. No eres. Y luego están esos tres segundos. Durante los cuales, darías todo por no ser. Y quieres y estás a punto pero comprendes que, en realidad, no. No. Y esas dos letras lo dicen todo. Y tú, de repente, estás en el segundo cuatro. Y te encoges para que pueda abrazarte. Y me besas con tus labios esponjosos. Y todo parece menos. Y lo que me queda, parece tanto que, no sé, solo quiero cerrar los ojos y respirar... respirarte. |
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