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    30 april

    El título de Aquel LibRo

    El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención. No de una manera normal, como cuando posas la vista sobre algún objeto y lo observas con detenimiento, lo analizas, centras tu atención en él. No. Aquel libro capturó mi atención. Se apropió de ella sin pedir permiso, sin que yo hubiese manifestado el más mínimo rasgo de interés por él.

    Estaba en la biblioteca, en una de las estanterías que todos los miércoles a las cuatro y veintisiete de la tarde, recorría con detenimiento en busca de algún ejemplar que llevar conmigo, leer y devolver en una semana.

    Me gustaría definirme con la palabra rutinaria pero, si he de ser sincera, la parte más rutinaria de mi vida era aquel ritual que los libros, la bibliotecaria y yo compartíamos cada miércoles, a la misma hora. Era ineludible.

    Y aquel libro estaba allí, robando toda mi capacidad de decisión, atrapándome desde su estantería de baldas azules, sin respetar el orden alfabético que obedecían el resto de los ejemplares. Desafiaba todas las normas de la biblioteca, se mostraba airoso ante el desconcierto que causaba, se mantenía erguido y reluciente, con sus hermosas tapas rojas y su título en grandes letras blancas.

    Yo, desconcertada, extendí el brazo para cogerlo. El simple roce de su lomo me hizo estremecer. Cálido, sorprendentemente reconfortante. Como si mi mano, mi cuerpo y yo misma hubiésemos estado esperando toda la vida para tocar aquel libro, como si aquel libro hubiese estado toda su existencia esperando a que yo lo encontrase. Era natural, lógico… parecía programado, como los autobuses o las retrasmisiones televisivas. Como si, de un modo sobrenatural, alguien hubiese escrito en alguna parte que, a las cuatro y media de aquel miércoles, yo rozaría aquel libro con mis manos temblorosas.

    Lo cogí en un arrebato, rápido, indoloro. Lo sostuve un rato entre mis brazos. Lo analicé con detenimiento, con cuidado. Tenía la sensación de que en algún rincón de aquellas tapas se encontraba la solución del enigma, el final del misterio que llevaba ya cuatro minutos envolviendo mi visita rutinaria y anodina de los miércoles por la tarde.

    Entonces me decidí. Lo abriría, leería su contenido minuciosamente. Me lo llevaría a casa, lo robaría. Aquel libro me pertenecía, de eso no había duda. Él me había elegido.

    “Cuatro y veintisiete de la tarde, miércoles” quería alejarse de aquella estantería y reposar, para siempre, en el cajón de mi mesilla de noche.

    27 april

    No Me sale Bien La cuenTa de La viDa

     
     
    No me gusta leer las palabras que escribí hace tiempo. La mayoría de las veces no me reconozco entre mis propias líneas. ¿No es absurdo? Leo algo que escribí porque me desgarraba el alma y me resulta insulso. En ocasiones me gusta el estilo, el léxico, incluso alguna que otra frase... pero no me siento identificada con el contexto, con todo lo que envuelve al escrito y que solo permanece instante un segundo antes y un segundo después de escribirlo. Luego todo desaparece.
     
    No sé si para mejor o para peor pero tu y yo ya no somos los que comenzaron esta historia. A veces creo que es mejor, terriblemente mejor... porque te miro y sé lo que piensas, no necesito disimular o fingir que soy algo que nunca lograría ser, ni por asomo. A veces me basta escuchar un silencio tuyo para saber qué va mal, encuentro palabras para calmarte y sé qué errores puedo cometer, pero también sé que no necesito evitarlos. Y, lo que más aprecio, es saber que estás ahí, que estarás ahí pase lo que pase.
    En ocasiones, solo a ratos, pienso que es nefasto. Que ya no me da vergüenza mirarte a los ojos, ni trato de imaginar como serán tus besos. Siento que todo la magia que envuelve los principios se ha evaporado y que solo nos queda la rutina.
     
    Leo sobre nuestros comienzos y me descubro llena de pasión, de fuerza... y ahora me veo sin inspiración, sin nervio. Y tú me pones siempre la misma frase y está bien, pero no lo suficiente. Y, sin embargo, sé que es más de lo que dice. Más sincera que entonces, más real. Ahora sé que no necesitamos decirnos lo que sentimos. Ya no somos dos, somos uno.
     
    Y me doy cuenta de que yo siempre fui un principio que nunca llegaba a nada. Comprendo que, por primera vez en mi vida, estoy entregada a algo en cuerpo y alma. Que soy parte de un todo, que tengo un equipo, un proyecto, una responsabilidad... y no puedo defraudar, no quiero hacerlo... porque soy feliz así, sabiendo que es la primera vez, que ójala sea la última. La primera vez que me implico.
    Y me siento bien. Muy bien... porque tú estás a mi lado.
     
    Tq8!
    23 april

    Ocurriste de repente

     
    Como todo lo importante, ocurriste de repente. Puede que, por ese motivo, no fuese muy consciente de que eras importante cuando te conocí. Hay milésimas de segundo que son definitivas, que cambian completanmente tu vida y, sin embargo, no nos damos cuenta hasta días más tarde. Es por la nitidez. Solo el paso del tiempo permite percatarse de las situaciones de una manera nítida. ¿Eres capaz de saber en qué segundo exacto creciste, engordaste o empezaste a sonreír?
     
    Yo nunca supe entender los instantes definitivos. Ahora sé que se sienten, que son como un escalofrío que se cuela en cada rincón de tu cuerpo, como un suspiro. No duran, no se manifiestan, no se hacen notar... pero sabes que estás ante uno porque todo tu cuerpo lo comprende al mismo tiempo y, de repente, eres consciente de que estás ante uno de esos momentos definitivos, una de esas mílésimas de segundo que cambiarán tu vida. Y, aunque luego todo parezca seguir igual, sabes que algún día volverás la mirada al pasado, la cruzarás con este mismo instante y sabrás que fue definitivo. Que cambió algo, que cambió todo... y que no lo comprendiste, que probablemente sigas sin comprenderlo.
     
    Las personas no son definitivas. Antes creía que sí, estaba tan segura que juré una y mil veces que era cierto. Pero me equivocaba. Las personas solo son quienes son en un determinado momento, en un intervalo de tiempo en el que tanto tú, como la persona en cuestión, como las circustancias que rodean la situación permanecen inamovibles. Si algo cambia, si solo se desplaza un milímetro, todo desaparece y la situación empieza de cero. Porque no somos eternos. Somos volátiles, variables, diferentes en cada segundo y en cada lugar. Somos diferentes tras el paso del tiempo.
     
    Párate a pensar en alguien que fuese importante en tu pasado. Importante de verdad, alguien que detuvo tu corazón y atrapó todo tu mundo en sus labios, alguien que simbolizase todo lo bueno y lo malo, lo que duele y lo que te hace feliz... alguien a quién amaste  y que ya no está en tu presente, que se quedó conjugado en pretérito perfecto simple hace demasiado tiempo. Piensa en todo lo que fué y dime, ¿qué es? ¿Qué queda cuando quitas la nostalgia?
     
    Los recuerdos son cajitas de música sin cuerda. Acumulan polvo en la estantería hasta que, un día, decides abrir una. Y le das cuerda, escuchas su melodía, sonríes... y, cuando la música termina, vuelves a cerrarla y a dejarla sobre la estantería. Las personas son esas bailarinas de plástico que viven dentro. Solo se mueven cuando nosotros las vemos, cuando recordamos cómo eran... el resto del tiempo no son quiene nosotros creemos que son.
     
    Ocurriste de repente, de un segundo para otro, estabas. Y luego dejaste de estar. Y al principio no supe encajarlo, no supe comprender algo tan simple como que eras importante. Lo supe casi al final, cuando ya no quedaba nada tangible. Ahora dudo. Porque ya no eres tan importante como fuiste y ni siquiera recuerdo que un día lo fueras. Me parece absurdo pensar que una vez creí en ti porque dejé de hacerlo hace mucho tiempo. Y, sin embargo, sé que fuiste importante porque cambiaste algo en mí. Y eso, a fin de cuentas, es lo único definitivo.
    14 april

    Nunca he sabido hacer el equipaje

     

    Nunca he sabido hacer el equipaje. Abría la maleta y la empezaba a llenar con todo lo que, en algún momento, necesité. No me importaba el tiempo, los cambios o las circunstancias que forzaban mi huida. Me limitaba a llenar ese rectángulo de plástico con todo lo que una vez me importó. Y nunca supe como retener su mirada.

     

    Por eso, aunque luché con todas mis fuerzas, tuve que partir sin ella. Metí el CD de Piratas que solíamos escuchar cuando aún me llamaba M, aquellas noches de invierno en las que convertíamos mi jersey en el único refugio existente. ¿Qué harás cuando yo no esté? Puede que deshaga el jersey y me haga una falda. Aquel jersey malva que se venía conmigo, que comenzaba a deshilacharse por las mangas y a perder el color tras tanto lavado. Aquel jersey que ya no olía a su perfume, que ya no olía a nada.

    Cogí las fotos, las alegres y las tristes. Las fotos en las que salíamos sonrientes, dichosos, felices… y las más apagadas, esas que fingían un afecto que se nos escapaba a borbotones por los ojos, que hacía que nuestra relación naufragara tras cada discusión. Las envolví con el lazo rojo que usaba para recogerme el pelo cuando hacia viento, siempre que me veía con aquel lazo, cogía la bufanda de cuadros que le hizo su madre y me recordaba que el viento era el único elemento capaz de robarle la voz. Algún día me quedaré mudo y entonces te arrepentirás de no haber aprendido a tejer. Yo me reía, siempre me divertían sus manías, aquellas cosas absurdas como no pisar las líneas que separan las baldosas o llamar a las puertas tres veces antes de pasar. Ahora soy yo quién carga con una maleta que pesa más que mi propia vida y vigila sus pies para que no se cuelen entre las líneas que no deben ser pisadas. ¿Y si no, qué? Te mueres, o me muero yo o, a lo mejor, no pasa nada. Más carcajadas. No, esas no me entran en la maleta. Metí, sin embargo, el libro que nunca llegué a leerme. No mires debajo de la cama. ¿Piensas ponerte a leer ahora? Sí, ¿por qué? Porque ahora, precisamente ahora, acabas de ser oficialmente invadida. Y cerraba de golpe, sin marcas ni páginas dobladas, se abalanzaba sobre mí y me hacía olvidar que los vecinos dormían.

    El despertador roto que siempre presidía la mesilla de noche. ¿Para qué tienes un despertador que no funciona? Para no olvidar nunca que hasta el tiempo puede detenerse. Nos quedábamos dormidos cada dos por tres. Me despertaba de golpe, le despertaba asustada, me ponía tan nerviosa que creía que iba a estallar… El daño ya está hecho. Llegamos tarde, es irremediable… así que, ¿cinco minutos más? Y desaparecíamos entre las sábanas, ganábamos diez o veinte minutos más, perdíamos clases, empleos, trenes… pero nunca nos perdimos a nosotros.

    Y hoy, que siempre llego puntual, sueño con poder perder cinco minutos mirándote a los ojos, haciéndote cosquillas bajo el edredón, buscándote el pulso.

    La maleta estaba llena, de nada útil, de mil cosas necesarias. Estaba llena de nosotros, de nuestros recuerdos, de las notas que me dejaba en la puerta del frigorífico. Compra pan. Leche. Galletas. Y un espejo bien grande. Quiero que veas lo hermosa que eres. Las flores secas que guardé entre los tomos de aquella enciclopedia por fascículos que nunca terminaste, el tomo E. He encontrado nuestra palabra, estaba aquí escondida. ¿Cuál es? Encalabrinar. ¿Y qué significa? Enamorarse perdidamente.

    Mi taza de desayuno, que acudía a en su mano cada mañana a darme los buenos días, sus besos con sabor a café con leche, mi cara untada de mermelada de arándanos. Y esa forma suya de transformarme en tostada, crujiente y lista para toma, me gusta empezar el día desayunando delicias.

    Cerré la maleta, la miré un par de segundos y pensé que tenía que irme ya. O perdería el tren. O perdería las ganas de irme. O volvería llorando a refugiarme entre sus brazos.

    Y, mientras esperaba en el andén, lo supe.  Me había dejado algo. Su mirada. Y entonces supe porqué se me daba tan mal hacer el equipaje: porque hay cosas que nunca podré llevarme.

    09 april

    Érase una vez

    Érase una vez. Yo no soy un experto en cuentos pero, si algo sé, es que para crear un cuento de éxito hay que comenzarlo con esas tres palabras. Sin embargo, mi cuento no empezaba así. No era un cuento de éxito, desde luego, era un simple cuento infantil sin grandes pretensiones. Y yo era su protagonista.

    No sé como perdí el cuento de vista. Me acababan de terminar de leer y decidí salir a dar un paseo. Apenas llevaba una semana creado y empezaba a aburrirme entre aquellas dos tapas. No solo era un cuento desconocido, no, encima era un cuento breve. Tenía pocos personajes y solo dos escenarios así que, cuando el lector de turno me terminaba, me quedaba sin nada que hacer.

    Todos los cuentos tienen una salida de emergencia a Fantasía. Es un lugar maravilloso donde se encuentra todo lo que alguna vez ha sido imaginado por alguien. Desde un lago de chocolate hasta una vaca a lunares. Cuando comienzas a caminar por Fantasía, pierdes la noción del tiempo.

    Eso me sucedió a mí: me perdí. Cuando quise regresar a mi cuento, no lo encontraba. Lo primero que aprende un personaje al ser creado es que, si no regresa a su cuento cuando se abren las tapas, desaparece. Así, sin más. Ningún personaje sobrevive a una lectura sin su presencia. Una vez que el cuento ha sido narrado sin él, se evapora para siempre.

     Yo era un novato en aquel lugar pero no era un personaje miedoso, así que decidí buscar mi cuento de la única forma que se me ocurría, preguntaría al resto de personajes que allí se encontraban.

     No era una tarea sencilla. En Fantasía, la gente siempre va con prisa. La campanilla que anuncia que tu cuento está a punto de abrirse puede sonar en cualquier instante… y si no acudes velozmente a su llamada, no hay segunda oportunidad.

      El primer personaje que vi no fue otro que el famoso Lobo Feroz. Sinceramente, a mí nunca me han gustado los lobos. Me parecen maleducados y pretenciosos… pero estaba en un apuro y necesitaba una ayuda. En aquel momento, estábamos en un bosque de caramelo. Todo a nuestro alrededor era dulce y delicioso. Árboles de regaliz, flores de azúcar, piedras de chocolate… la mejor fantasía de un niño goloso. El Lobo Feroz estaba tumbado sobre una seta de jengibre. Miraba pensativo a su alrededor.

    -          -    Hola. – Dije yo muy educado.

           - No me molestes, estoy meditando.- respondió él, tan gruñón como decían.

    -            -  Lo siento, pero solo será un momento. Verá, estoy buscando mi cuento. Me he perdido.

      Aquello pareció atraer su atención repentinamente. Se incorporó y golpeó con suavidad la seta, indicándome que me sentara a su lado. Eso hice.

    -          - ¿Sabes lo que te puede suceder si no encuentras tu cuento?- Asentí con la cabeza- Bien, entonces me ahorraré la charla. Dime, ¿se trata de un cuento conocido? ¿De los que empiezan por las tres palabras…?

    -         - No, en realidad se trata de un cuento desconocido y muy cortito. Apenas me han leído dos veces.

    -         - Bueno, eso nos da tiempo. Cuando eres un Lobo feroz no tienes tiempo para nada, protagonizas infinidad de cuentos que nunca están cerrados. Es estresante. Hace un par de años creamos una asociación. Ahora todos disfrutamos de una semana de vacaciones al año y esta es la mía. Te seré sincero – dijo inclinándose sobre mí- yo no puedo ayudarte. No leo otros cuentos, no me intereso por las nuevas creaciones. Pero hay alguien que está al tanto de todo lo que sucede aquí: la abuelita.

    -         - ¿La famosa abuelita de los cuentos?

    -         - La misma. Consigue un segundo de su tiempo y tendrás tu cuento. Ella lo sabe todo.

    -         - ¿Dónde puedo encontrarla?

    -         - Vive en una bota, cerca del reloj de cuco gigante. Pregunta a cualquiera, sabrá indicarte. Todo el mundo aquí sabe dónde vive la abuelita.

     

    El lobo feroz volvió a tumbarse y yo, captando la indirecta, me levanté y partí en busca de la abuelita. El paisaje era impresionante, pero estaba tan preocupado por mi cuento perdido que apenas podía deleitarme con aquellas maravillas.  

    -         - ¡Mira por dónde vas! – gritó, de pronto, una voz chillona.

    -         - Perdone… - respondí desorientado.

    -         - Aquí abajo, chico.  

    Estupendo, había estado a punto de pisar a un grillo. Iba tan abstraído en mis pensamientos que no me había dado cuenta de su presencia, aunque apostaría cualquier cosa a que no me hubiera percatado pese a todo. Era demasiado pequeño.

    Ante mi cara de preocupación, el grillo empezó a reírse y, pegando un salto desproporcionado para su tamaño, se colocó sobre mi hombro.

    -         - No te preocupes, chico. Le puede pasar a cualquiera. Soy pequeño. ¿Qué buscas? Tienes cara de estar buscando algo.

    -         - Pues… - dudé- busco a la abuelita. He perdido mi cuento y me han dicho que ella podría ayudarme.

    -         - ¿A la famosa abuelita de los cuentos? Casualmente, yo me encontraba de camino a mi cuento. No queda muy lejos de la bota de la abuelita. Si quieres, puedes acompañarme… pero, eso sí, nada de pisarme.  

    El grillo resultó ser un compañero de viaje fascinante. Conocía perfectamente los paisajes de fantasía. Sabía, por ejemplo, que las nubes eran en realidad ovejas. Por las noches saltaban una valla de nubes para dormir a los insomnes. Me contó también que cualquier cosa allí era comestible, bastaba con imaginarlo. Si tenías mucha hambre, todo se transformaba en comida y, además, su sabor era delicioso. Él era un personaje secundario, por eso se tomaba con tanta calma su regreso al cuento. La campanilla llevaba un rato sonando, pero él no aparecía hasta las últimas páginas. Tenía tiempo de regresar. No como su abuelo. Era, con diferencia, el grillo más famoso de todos los tiempos. Había protagonizado un cuento sobre un niño de madera que resultó tener un inesperado éxito. Desde entonces, no descansaba ni un segundo. Todos sus nietos luchaban por seguir la carrera familiar pero los grillos no eran unos personajes muy recurrentes. Pocas veces lograban un papel protagonista. Por eso, mi compañero de viaje, estaba algo frustrado. Él siempre había querido que su abuelo se sintiera orgulloso de él y, sin embargo, no era más que un secundario en un cuento del montón.

    En realidad, mi cuento no era nada famoso, pero yo era el protagonista. Ser protagonista te da cierto caché. Dentro del cuento, todos te envidian y fuera, siempre te queda la opción de omitir el nombre de tu cuento y solo declarar tu posición en él. No obstante, no quise presumir mucho en este aspecto delante del grillo. Supuse que le entristecería bastante enterarse y resultaba bastante agradable conversar con él entre sonrisas.

    Nos despedimos efusivamente a la entrada de su cuento. Anoté su dirección para futuras visitas y me encaminé hacia bota de la abuelita.

    La abuelita vivía en el centro de una plaza triangular, con una fuente de colores en el centro. Sus vecinas de plaza no eran otras que la famosísima Bruja y la no menos conocida, Hada madrina. Eran, con diferencia, los tres personajes más admirados por los habitantes de Fantasía. No solo eran imprescindibles en cualquier cuento de éxito, si no que eran sabias y respetadas. Líderes absolutas de los famosos cuentos de las tres palabras, nadie se atrevía a discutir su palabra.

    El problema era que, al ser las tres igual de respetadas y veneradas, se había creado una rivalidad entre ellas. Todas querían destacar y no dudaban en hacer todo lo posible por conseguirlo. Su enfrentamiento iba más allá de los cuentos y sus argumentos. En aquella misma plaza triangular, con una bota, una escoba y una varita mágica en cada esquina, se podían ver cientos de carteles que rezaban cosas tan absurdas como: “La Bruja piruja es una maruja”, “El hada madrina no sabe de cocina” o “La vieja abuelita huele a vasija”.  Eran rimas sin sentido, con la única intención de mofarse de la aludida. Los carteles eran de todo tipo: luminosos, gritones, volantes, giratorios… mareaban a cualquiera que intentase leerlos. Por eso, preferí ignorarlos y encaminarme directamente a la vieja bota.

    La puerta de la escoba se abrió repentinamente. La bruja Piruja era, por describirla en un adjetivo, verde. Tenía el cabello enmarañado  bajo un sombrero puntiagudo. Vestía una túnica larga y, inevitablemente, lucía una enorme verruga en la nariz. Toda ella estaba coloreada en diferentes tonos de verde, con un resultado ciertamente abrumador.

    -            - La abuelita no está en casa, pero quizás yo pueda ayudarte. Soy tan sabia como ella. – Me gritó con su voz chillona.

    Yo, que en realidad me moría de curiosidad por conocerla, me di media vuelta y me aproximé a ella. De cerca, era mucho más impresionante todavía.

    -         - Verá, señora… - me aventuré a decir- Resulta que me he perdido. Salí de mi cuento para dar un paseo y ahora no sé dónde encontrarlo.

    -         - Ya, ya… comprendo. Lamentablemente, no es mi especialidad. Tampoco es la de la abuelita. Lo mío son las pociones, ¿sabes? Todo el mundo aquí acude a mí para conseguirlas. Son maravillosas. Pero tu problema no se soluciona con una poción. Tampoco creo que unas galletas de esas que la abuela presume de hacer mejor que nadie te sirvan de algo. Tú necesitas un hechizo.

    -         - Y, si no es indiscreción, ¿dónde podría conseguir uno?

    -         - Es terrible que yo tenga que decir esto, chico. La verdad es que, entre nosotros, los hechizos son cosa del hada madrina. Nadie como ella para ese asunto. No le digas que vas de mi parte, no te abriría la puerta. Ahora dime, ¿de qué trata tu cuento?

    Cuando me quise dar cuenta, estaba en el salón de té de la Bruja Piruja. He de decir que no se la hace justicia en los cuentos. Es una mujer amabilísima y muy educada. No me faltaron las galletas ni el chocolate caliente en ningún momento. Por supuesto, me negué a comer manzanas… pero, por lo demás, no me hizo ninguna de aquellas jugarretas que se narraban en los cuentos infantiles. Tuvimos una agradable conversación sobre magia, conjuros y ranas príncipe, una de las materias que más dominaba. No sé cuánto tiempo pasé allí pero me asusté terriblemente al comprobar que las nubes se habían convertido en ovejas y hasta los carteles había desaparecido de las calles.

    Llamé a la puerta de la varita mágica solo dos veces, cuando iba a hacerlo una tercera vez, ésta se abrió sola y una voz cálida me invitó a pasar. Aquel era un lugar hermoso. Estaba lleno de cristales de colores que se iluminaban cuando posabas tu mirada en ellos. El suelo era transparente, permitiéndote ver el riachuelo subterráneo sobre el que te encontrabas. El cielo era también de cristal. Las estrellas brillaban con fuerza y su luz rebotaba por todas las paredes de la casa.

    El hada madrina llevaba un vestido azul de raso. Adornaba sus cabellos dorados con un cucurucho del que colgaba un velo de tul transparente. Era pálida y delicada, como una flor. Caminaba con elegancia, portando una hermosa varita de cristales y estrellas.

    -        -  ¿Quieres volver a tu cuento? – dijo con una voz tan dulce que apenas se percibía.

    -         - Si… ¿cómo lo sabe?- Exclamé sorprendido.

    -         Yo lo sé todo. Y, sí, también sé como ayudarte. Solo tienes que cerrar los ojos y desear con todas tus fuerzas volver a tu cuento. Aquí, en Fantasía, solo se necesita la imaginación para conseguir lo que deseamos. Imagina tu cuento, deséalo… y lo conseguirás. A veces, la mejor solución es la más sencilla.

    Me sentí absurdo por no haber pensado en aquello antes. Había pasado todo el día caminando en busca de una respuesta tan sencilla como aquella y, sin embargo, no me arrepentía. Había sido un día mágico. Tras darle las gracias al hada madrina, cerré los ojos y, con todas mis fuerzas, deseé regresar a mi cuento.

     

     

    01 april

    Y allí estaba, entre mis manos temblorosas


    Y allí estaba, entre mis manos temblorosas, esperando a que mis nervios se calmasen... pero aún no diré de que se trata. Me siento en la obligación de empezar esta historia por el principio. Como siempre debió ser.

    Nunca le gustó la idea de tener un nombre fijo. Le aburría tener que ser siempre la misma porque ella era, cada vez, una persona diferente.La misma forma en distinto fondo. Según su estado de ánimo se sentía de una manera... pero nunca, jamás se sentía igual.
    Por eso, un día, cambió. Como todos los días en los que ocurren cosas excepcionales, se trataba de un día cualquiera.Los mismos horarios, las mismas tareas, l
    os mismos lugares y las personas de siempre... pero ella se sentía Verde y, por ese motivo, decidió que ese sería su nombre.
     
    Cuando te encuentras con un conocido y le dices que hoy te llamas Verde, te mira como si estuvieses loca y te sigue llamando como se supone que debes llamarte. Es frustrante. Supongo que, por ese motivo, acabó otorgándose a sí misma un día de descanso de la rutina.
    Fue a un parque. Un parque que, para su gusto, resultaba terriblemente triste sin niños. Todos estaban en el colegio pero eso era algo que a Verde no le importaba. Nadie debería ver un parque sin niños. Carece de alma.
    Se subió en el tobogán. Era un columpio fascinante. Tenía unas escaleras y una casita de madera encima, como si de un refugio se tratase. Espero encontrarse algún niño agazapado allí dentro, un niño rebelde que había escapado del colegio para darle un poco de alma a aquel parque vacío pero allí no había ningún niño. Allí solo había un papel doblado, tirado en el suelo.
    Verde cogió el papel y lo abrió con cuidado. Era una hoja de cuadros, arrancada de algún cuaderno. Tenía un dibujo pero no uno cualquiera. Era un retrato. Era el retrato más hermoso que Verde había visto nunca. Y ella era la retratada.
    Bajó del columpio de un salto, sin soltar su retrato. Buscó con la mirada. Nadie. El parque seguía vacío pero, en algún momento, alguien había acudido allí y había dejado en el tobogán un retrato suyo. Con el jersey rojo que llevaba, con el cabello recogido detrás de las orejas y una tristeza infinita en la mirada, como segundos antes, cuando había contemplado la soledad del parque.
     
    - Pareces más alegre en persona.- dijo una voz a su espalda.
     
    Verde se giró sobresaltada. La voz tenía dueño. Era un chico, no mucho mayor que ella. Vestía con vaqueros y sudadera, tenía el cabello revuelto, los ojos brillantes y una sonrisa traviesa que se torcía en sus labios, como si se escurriese por su barbilla. Sostenía un cuaderno de tapas naranjas, con un lapicero atrapado entre las anillas. La observaba con detenimiento, como un artista analiza su obra. Luego, sin decir nada más, empezó a caminar.
     
    - ¿Quién eres? - preguntó Verde, mientras le seguía.
    - Soy el autor de tu retrato. Y tú eres la chica del dibujo.
    - ¿Cuándo lo hiciste?
    - La semana pasada, no recuerdo bien el día. Ven, siéntate aquí. Creo que tienes demasiadas preguntas y caminar no es el mejor modo de conversar.
     
    El dibujante se sentó en un banco y hizo un gesto a Verde para que le imitase. El banco estaba practicamente al final del parque y daba a una autopista. A Verde le sorprendió que el chico, en vez de sentarse mirando hacía el parque, se colocase al revés.
     
    - Me gusta ver los coches pasar. - dijo él, como si hubiese leido su mente - La mayoría de esas personas no saben dónde van pero cogen su coche cada mañana, fingiendo ser más poderosos que el destino. Es curioso, ¿no crees?
    - ¿Cómo te llamas?
    - Es curioso que tú me preguntes eso. Llamáme como quieras. No se trata de cómo me llamo, sino de quién soy. Y ahora mismo soy, simplemente, el autor de ese
    retrato que sostienes entre tus manos con tanta fuerza. ¿Te gusta?
    - Sí, mucho. Es precioso. Pero, ¿cómo pudiste dibujarme sin conocerme?
    - Te conozco. Ahora mismo, lo estoy haciendo. No importa cuando lo hagas, la cuestión es hacerlo.
    - ¿Insinuas que me vistes antes de conocerme?
    - No, yo nunca insinuo. Yo respondo con realidades. Y, sí, te dibujé antes de conocerte... porque, tarde o temprano, te conocería. Es simple.
     
    Verde se apartó el cabello de la cara, estiró las mangas de su jersey, perdió la mirada entre los coches, tratando de ocultar que estaba nerviosa. Que, de un modo incomprensible, todas aquellas locuras que su dibujante sin identidad decía le resultaban terriblemente ciertas.
     
    - Enséñame a hacerlo.
    - Sabes hacerlo, pero nunca lo has intentado. Todos podemos hacerlo porque todos tenemos un destino.
    - Entonces, ¿por qué nadie lo hace?
    - Porque nadie quiere conocer su destino. Le temen. Prefieren pensar que pueden cambiar su final, que pueden elegir.
    - Y, ¿no se puede? ¿Estamos condenados a vivir una historia que ya está escrita?
    - No, claro que no. No todo está escrito. El destino se va escribiendo a medida que nosotros avanzamos. Pero es difícil de creer, nadie se arriesga a
    intentarlo.
    - Yo no sé dibujar.
     
    El dibujante se queda mirando a Verde con ternura. Coge una piedra del suelo y la arroja al vacío. Sonríe. Luego, coge su cuaderno y lo pone entre sus manos. Saca un bolígrafo azul de su bolsillo y se lo tiende.
     
    - Inténtalo.
     
    Verde abre el cuaderno. La primera hoja está arrancada y Verde, imagina que de ahí salió su retrato. Destapa el bolígrafo y lo apoya sobre la hoja. No lo mueve. No sabe qué dibujar. Cierra los ojos. Respira hondo. Sus manos se mueven. Dibujan. Pintan lo que su subconsciente dicta. Abre los ojos.
     
    - Es perfecto.
     
    Verde mira su dibujo. Dos monigotes sentados en lo que parece ser un banco. Enfrentados, cogidos de la mano.

    Y allí estaba, entre mis manos temblorosas. Un par de segundos más tarde. Yo ya no era la misma. Era Azul, como el bolígrafo que había dibujado ese momento. Él me cogía con firmeza, sostenía mis nervios y los calmaba con su mirada, que penetraba en mis ojos y llegaba hasta mi alma. Me regaló aquel cuaderno de tapas naranjas, me besó suavemente los labios y me dijo que, algún día, volveríamos a vernos.
     
     
    *