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31 augustus No se Puede Leer una cosa así Sin Llevar Los Labios PintaDos[La frase del título se la he tomado prestada a Holy Golightly]
Estaba perdida, eso era todo. No encontraba el rumbo, el camino, el gps o la estrella de Belén... como quieran llamar a ese "algo" que determina si debemos seguir en línea recta, girar o introducir algún cambio significativo en nuestras vidas.
Estaba perdida y completamente desorientada. No es que mi brújula estuviese estropeada, no... era una brújula mágica, como la del capitán Sparrow: señala mis deseos. El verdadero problema era que mi deseo no era encontrarme, era encontrarte a ti. Por eso me pasé tres años de mi vida dando tumbos, persiguiéndote por los confines de mi mente. Tú eras mi norte.
Sin quererlo, te convertiste en el símbolo de mi pasado. Eras un refugio seguro. Un paréntesis a la realidad. Esa era la causa de que, cada vez que el miedo me consumía, corriese a llamarte. Eras mi salvación y yo estaba tan segura a tu lado que nunca me paré a pensar que, en realidad, tu eras mi único problema.
Pero, como todas las historias, tuviste tu final: mi brújula dejó de señalarte. Abrí los ojos y comprendí cuánto daño había en tus manos, manchadas con las lágrimas que me provocaban tus besos. Ya no quería estar a tu lado. Solo pensaba en huir, en alejarme de ti... en buscar un nuevo refugio. Entonces lo vi claro: solo yo puedo salvarme. Solo me tengo a mi misma y, sin mi, no soy nada. Soy la única persona que me resulta absoluta y completamente imprescindible. Digan lo que digan las canciones.
No me he encontrado aún. No es tan sencillo hallar a quién ha estado tanto tiempo perdido. Tengo algunas pistas. Mi brújula apunta a mi futuro, mi corazón exige un cambio y mi alma se renueva poco a poco. Estoy lejos de aquí, esperando ser encontrada. He detenido mi huida porque ya no tengo miedo. Ya no te puedo perder porque ahora sé que nunca te tuve. Ya no me puedo quedar más sola de lo que estoy. Ya no me importa llorar porque sé que las lágrimas se secan, que las heridas se curan, que los lamentos se olvidan y que los suspiros desaparecen al contactar con el aire. De la tristeza, al final, no queda nada.
30 augustus Un simple cuentoEra fácil saber quién era Raúl cuando llegaba la hora del recreo en el colegio del pueblo. Solo tenías que buscar un corro de niños con un chiquillo de aspecto inofensivo en el centro. Pequeño, risueño y con gafas. Ese era Raúl, sin duda.
Raúl siempre tenía un cuento para sus compañeros en los labios. Cada día, una nueva aventura se dibujaba en las imaginaciones de los niños gracias a las palabras de nuestro protagonista. Esto hacía que Raúl fuera diferente, tan necesario en el patio del colegio como un balón o unas canicas.
Nadie sabía de donde sacaba Raúl sus cuentos. Eran historias maravillosas sobre hadas, duendes, ogros, brujas y elfos. Relatos fantásticos sobre un mundo de fantasía y aventuras, donde la magia era el enlace que mantenía unidos a sus habitantes. Las descripciones de Raúl eran tan reales que, a menudo, los niños creían estar pisando la verde hierba del jardín de las hadas.
Aunque todos se morían de curiosidad, nadie había preguntado nunca a Raúl la procedencia de sus cuentos. Todos daban por sentado que eran historias que le contaba su madre o que inventaba él mismo. Nadie sospechaba que Raúl tenía un secreto.
En el cajón de su mesilla de noche, vivía un hada. Era un hada pequeñita, frágil y volátil que había conseguido escapar de las garras de un malvado ogro con una de sus alitas rota y, por tanto, incapaz de regresar a casa. Raúl la había encontrado en su jardín. Al principio, creyó que se trataba de una libélula… pero al mirarla bien, reconoció claramente las ilustraciones de los cuentos infantiles. Cogió a la pequeña hada y la llevó a su cuarto, dónde la instaló hasta que se recuperase y pudiera volver a volar. El hada, en agradecimiento, salía cada noche del cajón de la mesilla de noche de Raúl para arroparle y contarle historias sobre su tierra. Esas mismas historias que, a la mañana siguiente, Raúl convertía en cuentos para sus compañeros.
Una tarde de Marzo, una de las profesoras de la escuela apareció en el salón de la casa de Raúl. Venía a hablar con sus padres. La dirección del colegio estaba sorprendida por la imaginación desbordada que presentaba su hijo y querían saber si los cuentos eran cosecha propia o no. La madre de Raúl, que no sabía nada sobre el asunto, llamó a su hijo de inmediato.
Raúl apareció, algo tímido, en el salón. La profesora le preguntó, con voz dulce y cariñosa, por el misterioso origen de sus cuentos. Raúl no sabía que decir. El hada nunca le había pedido que mantuviera en secreto su presencia y sus padres le habían enseñado que no debía mentir. Sin embargo, nunca antes se había enfrentado a aquella pregunta. Era muy probable que la profesora no creyese su respuesta. Por eso, antes de responder, subió a todos los adultos a su dormitorio.
La profesora y los padres de Raúl escuchaban con ojos atónitos el relato del niño. Un hada en el cajón de la mesilla de noche. Era completamente absurdo, imposible en el mundo real. Raúl trató de convencerles con palabras y descripciones, las mismas que convencían a sus compañeros de colegio de que los elfos y los duendes existían. Pero no funcionaba. La mente de los adultos carecía de imaginación. Finalmente, Raúl no tuvo más remedio que abrir el cajón de su mesilla de noche.
Allí no había nada. El cajón estaba completamente vacío. Raúl se quedó desconcertado. Los padres acordaron con la profesora que le llevarían a ver al psicólogo del colegio una vez por semana mientras el pobre Raúl lloraba desconsolado en su cuarto por la desaparición de su amiga.
No volvió a aparecer. Los cuentos a la hora del recreo se terminaron. Ya no había corro alrededor de Raúl en el patio del colegio. Los niños dejaron de soñar con duendes y hadas para tener pesadillas con las violentas imágenes de sus videoconsolas. Raúl, una vez por semana, acudía al psicólogo de la escuela para contarle los cuentos que antes entretenían a sus compañeros. Años más tarde, el psicólogo publicó todos los relatos de Raúl en un libro de cuentos y se hizo muy popular.
Raúl, mientras tanto, miraba cada noche en su mesilla, esperando que el hada regresara para explicarle lo sucedido. Nunca lo hizo.
Moraleja: Hace falta un Raúl en todos los patios del mundo a la hora del recreo. No pierdas lo que te hace diferente, lo que te hace sentir especial por demostrarle al mundo que tienes la razón. Los finales ya están escritos. En tu mano está llegar a ellos con tu corazón intacto… o no. [Para Raúl... con la esperanza de que no cambies nunca.] 29 augustus Aves de pasoA las flores de un día... que no duraban que no dolían... que te besaban que se perdían...
Quise convertirle en el primero pero no sabía entonces que no conseguiria hacerle ser el último. Por aquel entonces yo temblaba solo de imaginarnos sin luz... y me imaginaba una escena de película, con velas y palabras de guionista con mal de amores. La vida real, sin embargo, es lo más distinto que pueda existir a una película. No obstante, yo no me resigné a aceptar un final cotidiano y me empeñé en ejercer de protagonista de un drama. Pero ni yo era Gilda ni aquella historia estaba rodada en blanco y negro... y, como suele suceder, el olvidó se me presentó en su forma más simplificada: otra historia.
Y así, poco a poco, fui construyendo la mía... retales de historias que me contaban en el oído sin más testigos que el silencio, la intimidad y la relativa inocencia que por entonces acostumbraba. Aprendí a no tener miedo, a cerrar los ojos y a reconocer los finales reales, tan diferentes de los imaginados que, en ocasiones, pasaban absolutamente desapercibidos. Salvé mi corazón de las cenizas que dejan los besos cuando se marchitan en unos labios que solo tenían curiosidad por aprender a besar. Luego, solo queda olvido y lecciones que no duelen... solo pesan.
Mi primer beso fue en verano, yo me creía enamorada y aseguraba estarlo con rotundidad. Pero el amor no es un beso a escondidas, una mirada de reojo o un me gustas en voz baja. El amor no se conoce sin arriesgarse, sin adentrarse en el interior de otra persona, sin entregarse sin restricciones... Lo mío era un capricho estival con ojos azules y sonrisa perfecta.
Descubrí que cualquier rincón puede ser maravilloso si se llena de ilusiones y sueños. Cualquiera puede ser tu príncipe azul si tienes fe, si cierras los ojos con fuerza y suplicas que lo sea... pero, tarde o temprano, tus ojos tienden a abrirse y tropiezas de lleno con la realidad.
Así aprendía a levantarme tras la caída. Juré nuevamente que era amor y, tan convencida estaba, que perdoné y aguanté lo inaguantable por no dejarlo escapar... pero voló, como todas las aves de paso que, sin quedarse, llegan a estar. Obviamente, no era amor, era una lección nueva: como secar mis lágrimas sin llenarme la cara de rimmel. Es decir, como aguantar el tipo y salir de una derrota con dignidad.
Entonces me juré ser más fuerte, perder la confianza, ser fría y doblegar a mi corazón. Duré un día. Yo no era fuerte, ni fría, ni desconfiada... yo era soñadora, romántica, sensible, apasionada... y no podía dejar de ser yo para refugiarme de un dolor que, inevitablemente, llegaría.
Cada vez tengo más claro que todos los tropiezos no son más que ensayos, entrenamientos que la vida pone a tu disposición para no verte derrotada en la primera caída. Por eso, cuando llegó el batacazo, supe levantarme... o, en este caso, sentarme en el sillón a escribir mis tristezas con letras inertes. Porque aprendes, sin quererlo, a hacer de tus lágrimas algo más lucrativo que agua salada.
Esto pretendía ser un homenaje a mis historias. A esas que no llegaban a ser, a las que fueron, a las que acabaron sin empezar y a las que empezaron sin acabar, a los besos con los ojos abiertos, a los que cerraban los ojos para no ver el sol, a ese amanecer de agosto, a quién me acompañó al portal sin pedir nada, al que me dejaba esperando en la parada del autobús, a quién nunca aprendió a decir lo siento, a quién decía tequiero como si saludara, a quién regalaba amor y recibía amistad, a quién regalaba amistad y recibía amor, a quién decía que no cuando querçia decir sí, a quién no recuerda mi nombre, a quién no lo olvida, a quién me hizo daño, a quién curó mis heridas... y las tuyas. Porque hoy no hablo de mí, hablo de ti: de tus historias, que son las mías. De todos esos besos que te robé en mis sueños. De los que me robaste tú. De lo que pudo ser y no fue. De lo que algún día será. De los besos que ya murieron y de los que están por nacer... Y no tienen que ser muchos, ni variados, ni diversos. Puede ser uno y ser el definitivo, pueden ser dos y estar equivocados ambos... pueden no ser. Cada historia es personal e intransferible pero igual a las demás... porque, ¿quién no ha tenido un primer beso?
28 augustus Y, a pesar de toDo- Y, a pesar de todo, sigues sin creerme, ¿verdad? - Demasiadas explicaciones. Ya te lo dije en su día: no me gustan las disculpas. Prefiero no tener motivos para perdonar. - Eso solo sería posible en un mundo perfecto. En el mundo real, la gente comete errores. - Una mentira no se dice por error. - Y, ¿qué podría hacer? ¿Decirte la verdad? ¿Contarte que estaba casado y no tener la oportunidad de conocerte? - Esa hubiera sido una buena opción. Dime, ¿qué hemos ganado? Ahora estamos como antes pero con más que lamentar. ¿No te das cuenta? Nunca debiste introducirte en mi vida. Yo no pude elegir. - No me atreví a hacerlo porque tuve miedo. Sabía que, si era sincero, te perdería… y algo en mi interior me decía que no podía permitirlo. - ¿Por qué yo? - Eres diferente. La primera vez que te vi sonreír supe que iba a enamorarme de ti sin remedio. Esa manera que tienes de arrugar la nariz y el brillo de tus ojos son cautivadores… Ni siquiera con mi mujer he sentido algo parecido a lo que siento al rozar tu piel. - Me dices lo que quiero escuchar, pero sigues sin decir la verdad. ¿Por qué no lo reconoces? ¿Por qué no me dices que tu matrimonio era un fracaso y yo era un alivio para tu tristeza? ¿Por qué no asumes que, en realidad, yo solo era una manera de sentirte vivo cuando tu mujer ni siquiera te miraba? - Eso no es cierto. Mi matrimonio era un desastre, lo reconozco… pero jamás te utilicé. Yo te quería. - Me querías hasta que me enteré de todo, hasta que dejó de ser fácil ocultarme, hasta que tu mujer te dio un ultimátum y te viste obligado a escoger… a escoger tu matrimonio arruinado, tu familia destrozada y tu hipoteca a cincuenta años. - Tengo hijos, las cosas no son tan sencillas como crees… - No quiero más explicaciones, déjalo. Prefiero irme, olvidar que esto ha sucedido y seguir con mi vida por dónde la dejé: hace tres años, cuando tú no estabas. Vuelve a casa, dale un beso a tu mujer y trata de salvar tu matrimonio. Será lo mejor… para ambos. 26 augustus Flores de un día... Que no duRaban, QUe no dolían...Lo que más me gusta de las conversaciones de messenger, es que a veces desarrollamos teorías sin percatarnos. Cuando dos personas comienzan a teclear frenéticamente, aportando ideas a un mismo asunto, pueden surgir auténticos teoremas.
Patrones. De eso se trata. Simples pautas. Aunque parezca absurdo, todos tenemos nuestro propio patrón. Nos movemos siguiendo un guión no escrito, una serie de normas que, sin conocer, realizamos a la perfección. Vulgarmente, se llama personalidad. Más vulgar aún: forma de ser. Es por eso, por la personalidad por lo que las historias, sin ser iguales, se parecen sospechosamente. Esas mismas pautas que te hicieron sufrir una vez, se repiten irremediablemente y tienen como destino final el esperado.
¿Qué hace que una relación funcione entonces? En una relación conviven varios elementos, pero solo dos son fundamentales. Uno de ellos eres tú, completamente inamovible. Tú eres el único elemento imprescindible de nuestra teoría. Por eso, como es de suponer, deben cambiar las circustancias o el segundo personaje en discordia. Es decir, las relaciones funcionan cuando se da una suma de elementos afines. Sé que no es una teoría muy novedosa, pero me sirve como prólogo para escribir lo que realmente quería escribir.
Hoy, sintiéndolo mucho, vengo a hablar de mí. De hecho, voy a escribir para mí. No voy a dar explicaciones ni a pedir permiso para hacerlo porque considero que este es mi blog y puedo hacer con él lo que me plazca... ¿cierto?
Tengo un patrón. Una pauta absurda que me derrumba a cada paso que doy. Yo, que a veces parezco tan fuerte, derribada por una simple pauta. Algo que siempre he sabido pero nunca he conseguido evitar. Esa absurda costumbre de dejarme a un lado, de olvidarme de mis principios, de mis ideales, de mis deseos... esa horrorosa manía de buscar mi felicidad en sonrisas ajenas. Nunca me atrevo a exigir, a establecer mis normas, a decir que no. Tengo miedo. Miedo a que suceda lo que inevitablemente termina por suceder: el final se precipita. No es nada sorprendente, en realidad, es relativamente lógico. Una historia no se puede mantener a base de mentiras. En algún momento, la verdad aparece para poner el punto y final. Entonces me doy cuenta de que nunca fui yo, de que era tan solo la mitad de un todo que no me considera imprescindible. Es decir, nada. Era una respuesta afirmativa, una sonrisa permanente, un deseo complacido... era aburrida. Predecible, segura, cierta, cercana, fácil. Era el camino más corto a la rutina. Alerta roja.
Siempre me lo han dicho. Madurar. Quizás esa sea la clave. Me asusta crecer. Ser responsable, ser adulta, ser sensata, coherente. Me aterra volverme aburrida, firmar contratos, pagar facturas... y, sin embargo, ya hago todas esas cosas. Poco a poco, tengo que aprender a resolver mi vida porque es mía y nadie más va a hacerlo por mí. Es la parte que me toca. Mi única salida es crecer. Y lo hago. Crezco en todos los aspectos pero me quedo pequeña en ese, en el que más me asusta. En el que implica constancia, lealtad, fidelidad, comprensión... y me limito a asentir, a no implicarme, a dejarme llevar, a decir que sí cuando quiero decir no. Porque es más fácil así. Porque parece que, cuando te dejas llevar, las decisiones no te afectan. Porque siempre asusta decir que no, defender tus ideas, la posibilidad de perder. Ser consecuente con tus ideales, ser madura y sensata. Pensar con la cabeza y gobernar un poco el corazón.
Todos tenemos un patrón. Hoy he sido egoísta y he hablado solo del mio. Piensa el tuyo. Psicoanalízate. Revuelve los recovecos de tu mente, repasa tu pasado, encuentra similitudes... y subraya tus pautas. Encuentra tu punto débil. Atrévete a gritarlo.
23 augustus CarreTEra y Top MantAEmpezó la noche homenajeando a las flores de un día, que no duraban, que no dolían... damas de noche, que en el asiento de atrás de un coche, no preguntaban si las querías. Esas mujeres que, de un modo u otro, siempre se cuelan en sus canciones... ya se sabe, aves de paso. Nos dió su dirección, el número 7 de la calle melancolía, para que cuando nos hartemos de amores baratos de un rato, le llamemos para escucharle cantar a la orilla de la chimenea. Será por eso de que algunas veces vive y otras veces, la vida se le va con lo que escribe... por la soledad. No en vano, asegura que lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción... y, si no queremos acabar con siete crisantemos, será mejor esperarle al otro lado de la nube negra. No se olvidó de la canción para la Magdalena ni de Marilyn Monroe, quiso homenajear a Leonard Cohen como todos sabemos que se homenajea: fastidiando al homenajeado con una adaptación libre de una de sus canciones. No le quedó mal. Se jactó de que, pese a haberse caído más de una vez del guindo y tener la voz rota, no había cancelado... él siempre fue el mejor dotado de los conductores suicidas... No era una noche de bodas y, sin embargo,se puso íntimo contigo... de sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera... Nos intentó dejar para convertirse en el pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo... pero después recapacitó y recordó que se había olvidado de cantar a la princesa de la boca de fresa entre tanto ruido.[Esta noche contigo apenas he podido decir esta boca es mía, aunque tampoco importa demasiado, hemos volado como pájaros de Portugal]. Quiso hacernos creer que tardó en aprender a olvidarla 19 días... y terminó confesando que también hubo 500 noches. Se despidió con un puñado de consejos para vivir cien años, y nos dieron las diez, las once, las doce, la una... y, sinceramente, peor para el Sol... porque anoche, resumiendo, Sabina estuvo impresionante. 22 augustus Put The blame On Mame¿Tu crees en los finales? Pienso que los finales surgen de la necesidad que tienen los principios de verse completados. Una historia que se prolongase hasta el infinito se convertiría en una locura imposible de sobrellevar. Se volvería rutina. Imagina, por un momento, que tú y yo somos un libro. Tarde o temprano, el libro debe finalizar. Entonces, surge la duda, ¿cerramos el tomo y comenzamos otro nuevo o, simplemente, acabamos el capítulo y continuamos en el mismo libro? ¿Cómo prefieres ordenar tu vida? Las relaciones ni se crean ni se destruyen, simplemente se modifican… esa es tu teoría. No me convence. Creo que cuando, por ejemplo, finaliza un amor y da paso a una amistad, es el propio final quién crea, por altruismo, un comienzo. Es una cadena, una segunda parte de la misma historia, pero almacenada en otro tomo. Los elementos básicos han cambiado y, aunque los protagonistas son los mismos, ni sus emociones ni su entorno ni sus actitudes permanecen. El argumento es diferente y, en consecuencia, no se puede afirmar que se trate de la misma historia, sino de una versión light de lo que fue un romance. Obviamente, todos conservamos alguna historia atascada en el nudo. Los comienzos son mágicos, los finales dolorosos y los nudos, con frecuencia, indigestos. Se quedan atorados en un intento de finalizar constante y terminan por convertirse en una tortura más que en un placer. Afortunadamente, siempre quedan esos nudos deliciosos que se te enredan en los dedos y te acarician los labios a las dos de la madrugada en un callejón sin salida. Hablo de esas historias que todos conservamos en defensa propia, para asegurarnos una caricia inoportuna a tiempo y una mirada que no nos pida eternidad. Los finales son otra historia, un mundo aparte. No se parecen a los comienzos. Hay finales que surgen por puro agotamiento. Finales inesperados que te dejan envuelta en llanto y en rencor. Finales sonados, finales premeditados y finales provocados. Hay finales que te traicionan y finales que te comprenden, finales que son principios y finales que son tajantes como la muerte. Los finales no son hasta luegos, necesito un tiempo o esta es la primera de un millón de partes. Los finales son finales y cuando un final llega, la historia termina para siempre. Los falsos finales son para cobardes, para quienes no se atreven a zanjar sus asuntos, para quienes necesitan un recurso, abrir la ventana al cerrar la puerta, abrocharse el paracaídas cuando saltan a la vida. La vida es una búsqueda. Una sucesión continúa de comienzos y finales. La vida es un nudo constante que, inevitablemente, se convierte en un final. Lo importante, lo que realmente cuenta, es el argumento. Los personajes vienen a ser los mismos en todas las vidas. Los lugares son similares. El ser humano es predecible. Todas las historias se parecen… pero el argumento, ese fino hilo que une todos los capítulos de tu vida, es tuyo, personal e intransferible. Sabes que yo no creo en el destino, al menos hoy. Sé que ayer llegué a creer y puede que mañana recupere la fe. Pero hoy soy una escéptica y te aseguro sin titubear que tu argumento lo escribes tú. Ten el valor de ser fiel a ti mismo.
(Especial agradecimiento a Óscar por ayudarme a desarrollar esta teoría) 21 augustus No desesperes, yo estoy aquí, a tu ladoNo desesperes, yo estoy aquí, a tu lado... aunque no me veas, aunque ni siquiera puedas sentirme. Estoy aquí, día y noche, velando por tus sueños. Esperando pacientemente a los pies de tu cama una señal, una sonrisa, una lágrima, una mirada. Esperando el final de esta espera, de esta locura transitoria. Ayer me comentó una enfermera que, aunque nadie lo ha podido demostrar aún, ella cree que puedes escucharme. Yo te veo aquí, dormida, con el rostro tranquilo y los ojos cerrados y pienso que es imposible que me oigas porque, allá dónde estés, rebosas paz... no obstante, aquí me tienes, un día más. Agosto está a punto de terminar y comenzará el nuevo curso que los niños, felices en su inocencia, están deseando empezar. No sé que haré si no despiertas a tiempo. Sabes que yo siempre fui un desastre con estas cosas. Comprar los libros, llevarles a clase, renovar el armario... porque el pequeño ya no es tan pequeño. Ha pegado semejante estirón este verano que ya no le vale ninguno de los pantalones que tenía. La niña está guapísima, me ha pedido un vestido amarillo para el primer día de clase. Probablemente llame a tu hermana para ir con ella a hacer las compras. Me ha hecho un menú semanal, para que no caigamos en la rutina de la pasta y las pizzas precocinadas. De vez en cuando nos trae alguno de sus guisos en un tupper, gesto que agradezco enormemente. Me he prometido a mí mismo aprender a cocinar, aunque sé que nunca podré igualarte. Añoro, sobre todo, tu olor en la casa. Desde que no estás allí, se ha convertido en un lugar extraño, carente de motivaciones para mí. Por eso, prefiero estar aquí, contigo. Coger tu mano dormida es el mayor regalo del día. Por eso no dudé en aceptar el ofrecimiento de mi madre y dejé que los niños se quedaran allí a dormir. Ellos están encantados, ya sabes que sus abuelos les tienen excesivamente mimados. Ayer me dijeron que habían pensado llevarlos al pueblo esta semana, para darme un poco de libertad antes de que comiencen las clases y no me quede más remedio que ejercer de padre a tiempo completo. Voy a decirles que sí, por supuesto. No puedo más sin ti, mi amor. Los días son eternos. En el trabajo no me pueden dar más días y se ha convertido en un auténtico infierno aguantar allí ocho horas diarias, pensando en ti y respondiendo a los tópicos comentarios de mis compañeros. Luego vengo aquí y te cuento mi jornada, te pido consejo... y no hablas, no respondes a mis preguntas... Los médicos no me dicen nada. Estable dentro de la gravedad se ha convertido en una frase rutinaria para mis oídos. Yo sé que me has perdonado, que no me culpas. Tu siempre encontrabas disculpa a mis errores. Yo, sin embargo, no puedo dejar de odiarme. Por conducir demasiado rápido, por no pensar que no iba sólo, que tu estabas a mí lado... que tú eras más importante que ahorrar una hora de viaje. Me odio tanto que daría mi vida por estar en tu lugar, de hecho, aún no consigo comprender porqué fuiste tú y no yo quién acabó en esta cama de hospital. Yo, el culpable, salí ileso de un accidente causado por mi imprudencia y, sin embargo, tú, el motor de mi vida, la inocencia, el “más despacio, por favor”, te debates entre la vida y la muerte. Solo se me ocurre que todo esto sea un castigo, un castigo aún peor que la muerte… porque eres tú, mi vida, quién pende de un hilo. Eres tú, lo más importante para mí, mi primera necesidad, mi aire… y sé que si no despiertas, si no vuelvo a ver tu sonrisa, si no vuelvo a sentir tu mano apretando la mía… sé que si no estás, yo no quiero estar. 17 augustus El Amor es Lo Que TieNeCreo que el problema reside, principalmente, en la idealización excesiva que otorgamos al ser amado. Me imagino que será consecuencia de una segregación de hormonas que, en contacto con otro cuerpo, provoca una reacción química que es la culpable de que caigamos en ese estado tan absurdo, vulgarmente conocido como enamoramiento.
Leí en alguna parte que el organismo humano crea una dependencia hacia las hormonas del ser amado. Pondría nombres técnicos, pero siempre he sido terrible en química. Cuando el cuerpo se habitua a la presencia del otro individuo, comienzan a rechazarse esas hormonas. Esa es la causa de que el enamoramiento tenga una fecha de caducidad de, aproximadamente, tres años. Después solo queda el cariño y la complicidad. Esa segunda versión del amor menos apasionada pero más satisfactoria.
Paralelamente a esta información, he desarrollado mi propia teoría. Creo firmemente que los amores platónicos o no consumados son eternos porque el cuerpo no rechaza esas hormonas ajenas, al contrario, vive en contínua adicción. Puede que esa sea la razón, la realidad que nos impulsa a desear siempre lo que no podemos tener: la química. Si lo hubiera sabido antes, habría prestado más atención en clase.
Cuando te enamoras, tu cuerpo produce una sustancia llamada dopamina que actua como si de una droga se tratase: te hace estar más feliz, tener más energía y, a la vez, transmitirla. Todos somos un poco adictos a esa sustancia, a fin de cuentas, todos buscamos la felicidad. Dentro de lo malo, no me considero desafortunada. Es cierto que la dichosa sustancia adictiva ha pasado por mi organismo con más pena que gloria pero, sin embargo, puedo sonreír en medio de una desgracia. ¿Por qué? Porque me he acostumbrado. He aprendido a separar mi yo rutinario, el que vive el día a día y realiza actividades básicas como ir a clase, madrugar, comer, hablar por teléfono, navegar por internet o salir con los amigos... de ese yo más etéreo, el que se enamora, suspira, llora y se deja partir el corazón cada dos por tres. Quizás sea más sencillo imaginarlos como una mente y un corazón separados por un interruptor que acciona uno u otro según el momento necesario. La necesidad me ha obligado a diseñar un mecanismo de defensa a prueba de balas que, pese a su estudida estructura, no deja de tener fallos ocasionales... y es que, en el amor, todo vale.
No obstante y, aunque no tenga nada que ver con el resto del post, yo no había empezado esta entrada para hablar de hormonas, de relojes o de corazones rotos. Yo había empezado a escribir porque estaba realmente anonadada con el inesperado "éxito"
de mi anterior entrada (lo pongo entre comillas porque tampoco es tanto éxito) . Me sorprende ver como mi amigo Raúl lo ha copiado en su blog, según dice, identificado con algunas frases. A su vez, una amiga suya se lo ha copiado a él, también se encuentra entre mis líneas. Mi amiga Marina ha ido más allá y lo ha convertido en un mail en cadena (te mataré por ello)... y, lo que venía yo a decir (que no era, desde luego, lo extendido que está mi texto), es que, en el fondo, todos nos reducimos a lo mismo: hormonas. Las historias son las mismas, con otros nombres, otros lugares y otras fechas, pero las mismas emociones, las mismas lágrimas y las mismas sonrisas. Todos hemos sufrido por amor y todos nos hemos sentido alguna vez desdichados, todos nos hemos quedado atrapado entre puntos suspensivos... esas historias que, pese a merecer un punto y final, nunca se atreven a terminar del todo. Todos hemos aprendido a levantarnos tras la caçida y hemos jurado no volver a tropezar, pero nos hemos visto en el suelo de nuevo días más tarde... porque el amor es lo que tiene, que nos pasa a todos y nos pasará mil veces y mil veces conseguirá vencernos: porque contra el amor no hay mecanismo de defensa posible. El amor ataca como un virus: primero se convierte en tu aliado y espera a que bajes las defensas. Luego te atrapa y ya estás perdido: podrá hacerte inmensamente feliz hasta que se acabe el suministro de dopamina o podrá crearte una adicción irremediable que no conseguirás paliar por muchas lágrimas que derrames en bocas ajenas. Por eso, a Raúl, a Marina, a Nuria... a quién se haya sentido identificado con mi texto: no es mi historia, es la tuya. Es la historia de alguien que se ha enamorado y ha perdido. De alguien que se ha visto obligado a renunciar. De un vaivén de emociones. De una lucha. Es una historia más.
Pdta: Y gracias por hacerme sentir que merece más la pena sentarme frente al ordenador que tirarme en la cama a llorar. 14 augustus Ahora ya Lo entiendO: Tú Me perdisTe a MiYo no recuerdo si antes de ti era feliz. La verdad es que nunca me lo había preguntado. Es algo que se da por supuesto, que hubo un tiempo mejor. Tampoco se establece a una persona como determinante hasta que han pasado los años y, desde una perspectiva lejana, podemos valorar los hechos. Cuando conoces a alguien, juegas a la ruleta rusa de las emociones, nunca sabes si será un nombre más o ese definitivo que romperá tus esquemas para siempre.
Aunque me resigne a aceptarlo, creo que en ti encontré la única bala de mi recámara. Acertaste de lleno en mi alma y me la partiste en dos mitades que no se han reconciliado desde entonces. Una siempre busca la manera de justificar el daño que me causan tus desplantes. La otra te odia a pecho descubierto, sin mentiras ni eufemismos válidos.
Dicen que el olvido no se puede programar. La vida sería mucho más sencilla si pudiesemos jugar con la memoria como con la grabadora de video. Grabar solo los momentos buenos, pasar los malos y rebobinar aquello que nos hizo felices una y otra vez. Si tuviera ese poder, hace mucho que hubiese pulsado el Stop en tu cinta. Lamentablemente, los seres humanos no hemos sido diseñados para olvidar tan fácilmente. Somos, en cierto modo, un puñado de recuerdos y un montoncito de sentimientos sobrepuestos. Nos movemos por impulsos y nos dejamos guiar por nuestros sentimientos. Nos equivocamos con frecuencia.
Hoy, después de mucho tiempo, puedo aceptar que me equivoqué contigo. Al principio creí de verdad en tus palabras, en los sentimientos que me jurabas, en tus promesas... luego me limitaba a autoconvencerme de mis propias ilusiones para no sentirme tan estúpida como era en realidad. La mayoría de las personas caen en ese error: prefieren vivir una utopía que enfrentarse a la realidad. Tú eras mi utopía.
Creo firmemente que mi principal problema es que siempre acompaño con dos puntos el punto final. Vivo entre puntos suspensivos y eso no es sano. Hay historias que merecen un punto y final. Por eso, cada vez que me despedía de ti, dejaba un margen de error a tu alcance... por si me arrepentía y tenías que regresar. Ese es, no cabe duda, el motivo de tantas cartas almacenadas entre mis textos, cartas de despedida con palabras rotundas y graves que nunca llegaste a leer.
Si para algo me ha servido todo este tiempo, ha sido para aprender a no despedirme. Decir adiós nunca significa que te vayas a marchar. Solo te irás cuando realmente quieras irte... y entonces, no te acordarás de despedirte. Tu cuerpo solo se aleja cuando tu alma ya se ha marchado. No sirve de nada forzar las situaciones.
Existe una prueba irrefutable que confirma la teoría que hoy defiendo: esta mañana, mi techo seguía plagado de estrellas. Nunca, jamás, en ninguna de mis despedidas, fui capaz de quitarlas. Las dejé allí, mirándome cada noche, recordándome que trataba de olvidarte una vez más.
Hoy no es un día especial. No es una fecha señalada ni me ha pasado nada excepcional. Hoy ni siquiera prometo nada, no me despido, no doy por sentado que vaya a olvidarte. Hoy, simplemente, me he sentido exhausta. Tan cansada que me he subido en la cama y he arrancado, una por una, las estrellas de mi techo. Algunas se quedaban tan pegadas que me he destrozado las uñas tratando de quitarlas. Eran como pequeños recuerdos anclados a mi alma. No he llorado. Yo ya no puedo llorar más por ti.
He cogido tus cosas. Esas pequeñas cosas que guardaba en una caja roja en mi mesilla de noche. Objetos sin valor ni sentido ya. Lo he metido todo en un sobre. Lo he cerrado.
No sé que voy a hacer con él. Puede que lo tire o lo entierre en algún lugar, lejos de mí. No quiero despedirme, no quiero gritar ni decirte todas las cosas que me he callado durante tanto tiempo por miedo a perderte. Ahora me río de mí misma porque soy absurda. Porque no se puede perder lo que no se posee. Porque, a base de silencios, solo se crean heridas tan profundas como una mentira. Y nosotros siempre fuimos una mentira, un engaño. Yo nunca fui nada y tu nunca quisiste dejar de ser todo. Nos equivocamos. O quizás no. Quizás solo era yo quién estaba equivocada. 13 augustus El siSear Del aireEl sisear del aire rompió el silencio. Se colaba por la ventana del salón, abierta de par en par para poder soportar el nocturno calor de Agosto. Ella estaba sentada frente al ordenador, con la mirada perdida en la deslumbrante pantalla en blanco. Todo era silencio hasta que una pequeña ráfaga de aire,interrumpió la calma para recordarla que aún no había escrito nada.
En realidad, su falta de inspiración no estaba motivada por carencia de anécdotas que contar. Poseía una infinidad de relatos, aventuras, experiencias y fotografías para documentar los veinte días que había pasado fuera. Lo que sucedia realmente era que no quería escribirlo. Tenía la absurda sensación de que, si transcribía todas las sensaciones vividas durante su viaje, éste perdería la magia del recuerdo y se quedaría en un puñado de letras más... un conjunto de negro sobre blanco carente de todo significado a ojos ajenos. Nadie,por mucho que tratase de intentarlo, lograría recorrer los canales de Venecia en lancha leyendo dos párrafos de un relato. Era completamente imposible capturar la fuerza del viento en Portovenere con solo una fotografía. Contar su viaje sería ponerle límites, compartir la parte práctica y realista... no, definitivamente, no quería hacerlo.
Pero, obviamente, no era tan sencillo. La página, completamente en blanco, reclamaba a destellos un texto para cubrir su desnudez. El aire, sin remordimiento alguno, imitaba el sonido del teclado, la invitaba a comenzar a escribir... todos los elementos que se reunían en torno a ella aquella noche, exigían una explicación a su repentino silencio. Querían palabras, todas las palabras que había guardado a lo largo de su viaje, todaslas descripciones que había pensado a la orilla del mar, esas sensaciones que había convertido en pensamientos sobre la marcha... entonces, tuvo una idea. Cerró los ojos y recordó. La frialdad grisácea de Milán, dónde las palomas tenían tomadas las calles y la belleza se había transformado en industria. Venecia y sus calles de agua, sus palacios erguidos majestuosamente a orillas del Gran Canal, su carnaval contínuo, su silenciosa medianoche... Florencia y su monumental aspecto, rebosante de arte y conocimientos, la ciudad sabia... rodeada de la Toscana, con sus girasoles impacientes, sus riachuelos escondidos, sus campos verdes cuajados de vida. Pisa y su emblemática torre, Siena y su arquitectura medieval. Génova, desconcertante. Cinco Tierras y su calor aplastante, sus acantilados imposibles, sus playas rocosas y de arena suave, sus caminos empinados, sus grutas y escondites... Portovenere y el golfo del poeta, el lugar donde nace el viento, donde la arena se convierte en el proyectil más dañino... y, a medida que recordaba, la pantalla se llenaba de letras... letras sin significado, letras que no decían nada, palabras sin sentido unidas sin coherencia alguna... pero ella, el viento, el teclado... todos sabían que eran puro sentimiento, que estremecía solo mirarlas, sin comprenderlas, sin saber... 10 augustus A veces Tengo Que Huir PoRque No Puedo máSLo que menos me gusta de los principios, es que siempre encuentran su final. Quizás, por eso mismo, vivo tratando de no empezar nada. Por eso, cuando empecé mi huida, lo hice con el miedo del inevitable regreso... pero escapé, no obstante, escapé porque lo necesitaba más que respirar o que salvaguardar mis miedos intactos.
Aparecí en Italia, dispuesta a sumergirme en un país desconocido, sin hoteles ni reservas... sin normas ni planes estrablecidos. Viví, soñé, reí, me quemé al sol, aprendí a escribir sin ñ, a susurrar en italiano, nadé al otro lado del mediterraneo, me busqué en los mapas, me escribí postales sin ganas de leerlas...
Me enamoré en Milán, me rodeé de belleza en Venecia, me dejé embrujar por la Toscana, paseé por Florencia, me apoyé en la torre de Pisa, me perdí por Siena, vi el mar en Sestri, me derretí en Cinco Tierras, me dejé el corazón en Portovenere...
Y regresé... cuando en vuelo regular pisé el cielo de Madrid... supe que se había acabado todo. Que volvía a ser yo, la misma que dieciocho días antes había emprendido una huida de sí misma en el mismo aeropuerto de Barajas que ya no era un comienzo, sino un final... y las rutinas, sin piedad, me esperaban a la misma hora, en el lugar de siempre... inalterables.
En el salón, tantas postales como ciudades visité... con palabras de mi puño y letra desbordando felicidad en cada trazo de tinta. La maleta, abierta y a medio vacíar sobre mi cama. El corazón encogido en algún rincón de mi pecho.
Y vuelvo aquí, el lugar al que pertenezco, vuelvo y me doy cuenta de que estoy sola... de que yo no soy de aquí, que mi alma no es ya mía porque se ha quedado atrapada entre mi huida y mi regreso. Vuelvo y me doy cuenta de que solo actuo, sigo las rutinas sin pensarlas... me dejo llevar por los horarios que ya conozco. Me compro un ordenador nuevo, para no desconectar del mundo. Salgo a pasear, para no marchitarme por falta de luz. Como para no morir de hambre... y me siento sola, de nuevo. Tan sola que ni la soledad viene a hacerme compañía.
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